La Sexualidad en la tierra
La sexualidad es la base de la creación. El principio de todo lo que conocemos surge de la interacción de dos polos con energías opuestas capaces de generar vida y transformación.
Sin ir demasiado lejos, y teniendo en cuenta que no somos creadores absolutos de realidades complejas, esta reflexión se dirige a la sociedad y a la forma en que vivimos la sexualidad, algunas de sus prácticas más comunes y los resultados que estas generan.
La intención es abordar el tema desde un nivel que la mayoría de las personas considera “real” y práctico, de modo que pueda servir como una herramienta de observación y aplicación en la vida cotidiana, especialmente para quienes aún no se han interesado en el despertar de la conciencia.
De manera general, los hábitos y niveles de vida sexual más comunes en nuestra sociedad pueden observarse de la siguiente forma:
1. El masturbador
Corresponde a quienes llevan una vida sin pareja, pero alimentan constantemente el deseo sexual. El consumo de pornografía, la observación continua de otras personas con deseo y la búsqueda frecuente de gratificación solitaria se convierten en hábitos dominantes.
En momentos de soledad, el impulso del deseo suele imponerse sobre la voluntad, convirtiéndose en una fuerza psicológica difícil de controlar.
El resultado de esta forma de vida suele manifestarse como apatía, falta de motivación y bajo rendimiento en distintas áreas. Las actividades cotidianas se realizan por obligación, y el potencial personal rara vez se desarrolla plenamente.
2. El soltero desapercibido
Son personas sin pareja que han ocupado su mente en pasiones, actividades o intereses que consumen gran parte de su tiempo y energía. Aunque aparentan productividad, ignoran el papel central de la energía sexual como base de toda creación.
Si bien pueden acumular energía por períodos más prolongados que el caso anterior, al no comprenderla ni dirigirla conscientemente, esta se dispersa a través de esfuerzos innecesarios, relaciones ocasionales o descargas inconscientes como poluciones nocturnas.
El resultado suele ser una vida marcada por altibajos emocionales y existenciales. Se inician proyectos que no logran consolidarse, se avanza parcialmente y se abandona el camino antes de alcanzar algo verdaderamente significativo.
3. Vida promiscua
En este nivel, el sexo ocupa un lugar central en la vida del individuo. Gran parte de su energía se orienta a verse bien, desarrollar habilidades sociales y establecer múltiples vínculos con el fin de satisfacer necesidades sexuales.
Aunque puede existir pareja, las relaciones carecen de profundidad y estabilidad. Cualquier conflicto tiende a romper el vínculo, y la soledad resulta difícil de tolerar, lo que impulsa a buscar rápidamente una nueva relación.
La energía sexual es intercambiada con facilidad por placer, validación social, dinero o estímulos momentáneos. El resultado suele ser una sensación de desorientación, falta de propósito y un desarrollo personal limitado.
4. Vida de compromiso
Corresponde a la vida monógama, donde se busca satisfacer las necesidades sexuales con una sola persona. Representa el inicio de una posible construcción más estable, aunque no está exenta de dificultades.
El establecimiento de límites y acuerdos exige el desarrollo de virtudes como el respeto, la voluntad y el autocontrol. Sin embargo, debido al bajo nivel de conciencia general, muchas parejas desconocen el valor profundo de la energía sexual.
La práctica mecánica e inconsciente de la sexualidad suele generar desgaste emocional, pérdida de atracción y ruptura del vínculo. Algunas parejas continúan por costumbre; otras se separan al no encontrar sentido o profundidad.
El resultado suele ser una vida enfocada principalmente en lo material, con creencias que brindan consuelo, pero sin una verdadera exploración del mundo interior.
Existen muchas otras costumbres que no es necesario enumerar. Cada una refleja el nivel de conciencia desde el cual las personas buscan satisfacer sus necesidades sexuales.
Las prácticas descritas son vistas como normales dentro de la sociedad, pero no conducen a la trascendencia de la conciencia. En su mayoría, dispersan la energía vital y mantienen al ser humano divagando sin dirección interior.
A continuación, se describen estados de vida en los que comienza el reconocimiento consciente de la energía sexual y su verdadero valor.
5. Soltero con conocimiento
En este nivel, el individuo reconoce que existe en su interior una energía fundamental que sostiene su vida. Comienza a observarla y a comprender su importancia.
Aunque aún puede experimentar desorden interno, identifica cómo esta energía se dispersa a través de pensamientos, emociones y hábitos inconscientes. Inicia entonces un proceso psicológico de purificación y transmutación.
El resultado es un espíritu que recupera dignidad, busca un propósito más elevado y actúa con mayor reflexión. La vida deja de estar regida por impulsos inmediatos y surge la sensación de preparación para algo superior.
6. Matrimonio verdadero
Este estado comienza cuando dos personas con un nivel mínimo de madurez interior deciden emprender un proceso consciente. Ambas, o al menos una al inicio, reconocen y valoran su energía sexual.
La renuncia a placeres pasados permite que la energía acumulada se transforme en una atracción profunda y auténtica. La unión se establece en múltiples dimensiones: física, emocional, mental y espiritual.
El resultado trasciende lo que la mente ordinaria puede comprender. De esta unión surge un camino vivo, íntimo y transformador, que puede conducir a un verdadero despertar de la conciencia.